lunes, agosto 18

PECES INTACTOS

Por Victoria Lozano

Minutos después de salir de casa me llamó, pensé que había olvidado las llaves así que le contesté desganada, pero la ansiedad de su voz me despertó. La policía estaba abajo, algo ocurría en el quinto piso. No demoré en entrar a escena.

La puerta de Mauricio estaba abierta, preparé la garganta carraspeando y me asomé entre el caos de muebles. Adentro dos policías y al fondo, una dulce viejecita así como las de cuento, que con ojos llorosos, pareció aliviada al verme.

Llegué a vivir a este edificio hace seis años, Mauricio ya habitaba aquí. Era de “los vecinos buena onda”, cada vez que hubo alguna situación de tipo comunitaria –terminamos, sin ser amigos- chismoseando acalorados en su ventana o en la mía, enfriando la lengua en una cerveza.

Hola, dije mirando a los hombres de frente ¿qué pasa? el policía se irguió y mientras secaba sus manos, me explicó que el joven había intentado suicidarse, escandalosamente en el balcón.

Mauricio estaba en el suelo, sólo vestía un calzoncillo roñoso que se traslucía por el agua de su pecera que estaba regada por toda la habitación. Boca abajo, esposado, con la mirada pérdida.

Me encontré en los ojos de la señora, más anciana que hace unos minutos y me presenté “soy Loreto, vecina del Mauri, vivo arriba”. Ella, Tania, era su madre. Iba a preguntar en que podía ayudarla cuando una sacudida remeció el lugar con un aullido. Me ericé. Los policías intentaban destrabar las piernas de Mauricio enredadas en las patas de una silla y él gritaba de dolor.

¡Para que le vas a romper las piernas! el sudado hombre dejó caer la silla y con ella, las maltratadas piernas y sus caderas, Mauricio me miró y cerró los ojos, lo vi como a un niño indefenso y pensé en lo terrible que es perder el control y la cordura.

Me arrodillé y le acaricié el pelo sucio, le tomé una pierna, la doblé un poco y la saqué de la silla, luego la otra. Ya está, dije, y ¿ahora qué? Ahora vamos a llevarlo al psiquiátrico, me respondió el más viejo, mientras daba aviso por radio para que trajeran el carro policial destinado a ese tipo de quehaceres.

Asumí que no tenía nada más que hacer ahí, por lo que le dije a Tania que cualquier cosa que necesitara yo estaría en mi departamento. Iba a anotarle mi número de teléfono, pero me tomó del brazo y me preguntó si podía acompañarla.

Pocas veces habló Mauri de su familia, cuando lo hacía describía a su madre como una mujer de mundo, moderna, liberal y adinerada. Nada que ver con la señora sencilla, de rostro cansado, vestido desgastado y colgante de crucifijo. Tenía manos de trabajadora y canas que se asomaban tímidas entre su cabellera. Físicamente eran perturbadoramente parecidos. 
 
Llegó el carro, le quitaron las esposas y extendido horizontalmente se lo llevaron por las escaleras. Me imagino que Mauricio debe haber sentido, al menos por un instante, que volaba.

Nos fuimos con Tania rumbo al hospital y en el camino le ofrecí mi celular para que llamara a don Enrique, padre de Mauricio y le avisara la situación, pero me dijo que no, que él había muerto hace años. Supongo que notó mi cara de extrañeza porque más tarde retomó el tema y es que no era posible que estuviera muerto porque el Mauri siempre hablaba de él y porque además yo me lo topaba constantemente en el ascensor.

En la sala de espera, Tania fue llamada a conversar con el médico y ahí me enteré que era el segundo episodio. El diagnóstico fue esquizofrenia, nos dio una lista de artículos personales que debíamos llevar, puesto que estaría internado varios días. Teníamos que esperar que entregaran unos documentos así que la invité a la cafetería.

Frente a frente y café de por medio, supe que el Mauri era el menor de tres hermanos, los mayores vivían en países vecinos y no tenían mucha relación con ella, salvo la cordial y propiciada por fechas religiosas que en profunda fe compartían. Y que Enrique no era el padre.

Retiramos los papeles y nos devolvimos al edificio, de donde ella recogería las pertenencias solicitadas, en el camino me contó la primera crisis. “Hace tres meses mi hijo comenzó a actuar diferente, le cambió la voz y tenía la mirada pérdida. Se puso agresivo, mal educado y no comía, logré que se fuera conmigo a casa, pero ese mismo día empezó a alucinar, a ver gente y hablar incoherencias, descontrolado totalmente. Llamé a unos hermanos de la iglesia para que me ayudaran a llevarlo al hospital y ahí estuvo internado tres días, después de eso no volvió a ser el mismo. Traté de que se quedara conmigo, pero a él le gusta un estilo de vida que yo no puedo darle. Me imagino que no se ha tomado los medicamentos que le recetaron y por eso le pasó esto de nuevo”, concluyó angustiada.

Me acuerdo de esos días raros del Mauri, porque había recogido un perro callejero y anduvo repartiendo alimento por todo el edificio. Un día lo encontré gritando en la esquina, peleando sólo, pero pensé que se había fumado algo o que estaba borracho. No volví a verlo por varios días, hasta que regresó como si nada, contando que venía de unas vacaciones en la playa con unos amigos.

Las vecinas ya habían barrido afuera del departamento, adentro, los peces intactos brillaban en el suelo, las ventanas estaban cerradas y olía a remedios y a enfermedad.

Antes de buscar las cosas, Tania se sentó en la cama y me confesó sin mirarme nunca más a los ojos, que Enrique era el violador de su hijo. “Mauricio estudiaba en una escuela pública a una hora de la casa, a veces se iba con su papá que trabajaba cerca. Tenía 13 años cuando fue contactado por un maestro que lo invito a tomar una cerveza, le dijo que no se preocupara por el permiso, que hablaría con don Patricio, su padre y le diría que formarían un grupo de investigación que se reuniría todos los días por las tardes”.

El maestro era un contacto que Enrique tenía para satisfacer su pedofilia, me explicó Tania, “Mi hijo se deslumbró con los regalos y el dinero que empezó a recibir y de un momento a otro se volvió incontrolable, hacía lo que quería y no respetaba horarios y reglas de la casa, en esa época empezó a tomar y fumar. Yo sabía que algo estaba pasando, pero no entendía que podía ser”.

Un día Patricio decidió seguirlo al terminar la jornada escolar y vio a su niño subirse a un auto de lujo, manejado por un hombre mayor. Los vio entrar a un motel.

No cómo fue en detalle lo que ocurrió, continuó afligida,pero días después mi marido se reunió con Enrique y llegaron a un acuerdo, porque al poco tiempo Patricio me dijo que le había salido una oportunidad para que nos fuéramos a trabajar a Miami, nos fuimos por un año y los niños quedaron a cargo de una señora que venía a limpiar y cocinar. Cuando regresamos pudimos comprarnos la casa que hasta ese momento alquilábamos.

Mi marido murió de cáncer dos años después, el Mauri tenía diecisiete años y se veía poco en casa, un día, cuando muchas cosas  no me calzaban, Mauricio me dijo que lo habían violado. Y que su padre lo había vendido.

Fue una época crítica, se fue de la casa, pero Enrique lo encontró y me lo vino a dejar”. Los celos del violador se habían manifestado en una feroz golpiza. 
 
La dulce viejecita como las de cuentos había desaparecido, a mi juicio sino se denuncia y no te opones con la vida si es necesario, entonces eres un cómplice más de la maldita red de pedófilos. Carraspeé, quería tomar agua pero la cocina estaba asquerosa, abrí la ventana y prendí un cigarro, “cuando termine de fumar le ayudo a hacer el bolso que hay que llevar” le dije y nunca más volví a mirarla a los ojos.

Guardamos lo necesario y entonces iluminada le pregunté ¿por qué su hijo no vende el auto y el departamento y se va a vivir con usted, a otra ciudad inclusive? “pienso que es la única manera de que él pueda mejorarse, sino estas recaídas van empeorar cada vez más”, rematé esperando positiva respuesta, pero ella me explicó que ni el departamento, ni el auto estaban a nombre del Mauri, tampoco las tarjetas de crédito que él manejaba.

A sus 31años Mauricio no tenía nada, salvo una madre dispuesta a cuidarlo de por vida purgando su propia culpa y un violador que lo mantenía igual que a otros más jovencitos.

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